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Según la Organización Mundial de la Salud, la dieta saludable y la actividad física suficiente y regular son los principales factores de promoción y mantenimiento de una buena salud durante toda la vida. Las dietas malsanas y la inactividad física son dos de los principales factores de riesgo de hipertensión, hiperglucemia, hiperlipidemia, sobrepeso u obesidad y de las principales enfermedades crónicas, como las cardiovasculares, el cáncer o la diabetes. En el mundo, En general, 2,7 millones de muertes anuales son atribuibles a una ingesta insuficiente de frutas y verduras.

Reconociendo que la mejora de la dieta y la promoción de la actividad física representan una oportunidad única para elaborar y aplicar una estrategia eficaz que reduzca sustancialmente la mortalidad y la carga de morbilidad mundiales, la OMS adoptó en mayo de 2004 la Estrategia mundial sobre régimen alimentario, actividad física y salud.

La obesidad ha alcanzado la proporción de epidemia a nivel mundial. Existen aproximadamente mil 600 millones de adultos y, al menos, 20 millones de niños menores de 5 años con sobrepeso. La obesidad infantil es uno de los retos de salud pública más graves a nivel mundial en el siglo XXI. Más del 75% de los niños afectados vive en países de bajos y medianos ingresos. Tomando como referencia los estándares de la OMS, con el estudio ALADINO, se halló en España un 26,2% de niños (25,7% de las niñas y 26,7% de los niños) con sobrepeso y 18,3% de obesos (15,5% de las niñas y 20,9% de los niños).Como muestran los datos del estudio ALADINO.

Las enfermedades crónicas, como las enfermedades cardíacas, el cáncer y la diabetes, son por mucho, la principal causa de muerte en el mundo, causando el 60% de las muertes totales. Estas enfermedades están vinculadas a un exceso de sal, grasa y azúcares en la alimentación. El impacto de una dieta equilibrada en la salud pública es enorme.

En el estudio ALADINO se recoge qu en niños y adolescentes, las enfermedades asociadas a la obesidad incluyen hipertensión arterial, hiperinsulinemia, dislipemia, diabetes mellitus tipo 2 y problemas psicosociales, así como el agravamiento de enfermedades respiratorias como el asma. No obstante, el riesgo de la persistencia de la obesidad en la edad adulta es la complicación para ellos más importante. La probabilidad de que un niño obeso se vuelva adulto obeso es muy alta (se puede llegar a estimar en un 80%).

También se ha comprobado que los desequilibrios en la alimentación resultan desfavorables en el control de peso; concretamente en otra investigación liderada por la AESAN y encaminada a conocer las fuentes alimentarias de nutrientes de la dieta media española, con especial atención al consumo y fuentes de sodio se constato que un 88,2% de los sujetos estudiados tomaba más de 2 g/día de sodio (límite máximo aconsejado) y que existía una asociación entre incremento en las cifras de índice de masa corporal y de padecimiento de sobrepeso y obesidad con el sodio ingerido y con el excretado por orina, por lo que se considera conveniente reducir la ingesta de sodio, desde el punto de vista sanitario y probablemente también como estrategia en la lucha contra la obesidad (WHO, 2006; AESAN, 2009; Ortega et al., 2011).

Es importante destacar que existe en la población un grado importante de desconocimiento sobre lo que debe ser una alimentación sana y equilibrada y sobre las pautas más convenientes en control de peso (Ortega y López‐Sobaler, 2005; Rodríguez‐Rodríguez et al., 2007) por lo que aumentar el conocimiento de la población respecto al concepto de dieta equilibrada (Ortega y Requejo, 2006) o en relación con las pautas más convenientes para lograr un buen control de peso corporal resulta un tema de interés prioritario (Ortega et al, 2006; Ortega et al., 2005).

El desequilibrio del perfil calórico de la dieta y el seguimiento de dietas de peor calidad también ha sido relacionado con el problema (Garaulet et al., 2000; Kipping et al., 2010; Ortega et al., 1995a). El aumento en el consumo de grasa, hidratos de carbono, y bebidas dulces han sido señalados, en algunos estudios, como factores que favorecen la obesidad (Vartanian et al., 2007), mientras que reducir el consumo de estos alimentos, incrementando el de productos de baja densidad energética y ricos en nutrientes, parece conveniente en la lucha contra la obesidad. En concreto, algunos estudios sugieren la conveniencia de incrementar el consumo de frutas y verduras y disminuir el consumo de snacks (Kipping et al., 2010).